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Louisa y Horatio. Las aventuras de dos jóvenes expósitos

Autora: Eliza Haywood, 1744


Primera traducción al español de la novela The Fortunate Foundlings.


Dos bebés, Louisa y Horatio, hermanos gemelos, son abandonados en el jardín de un caballero que decide acogerlos y ocuparse de su educación. Cuando ambos tienen dieciséis años, Louisa, debido a terribles circunstancias, se ve obligada a huir de su casa en plena noche por las calles de Londres y aprender a valerse por sí misma en un viaje que la lleva a través de Francia e Italia.


Mientras tanto, su hermano Horatio, que nada sabe de lo sucedido a Louisa, se alista en el ejército y busca la gloria militar bajo el mando de figuras históricas como el intrépido Carlos XII de Suecia. Desde las gélidas tierras del norte hasta las intrigas políticas de las cortes europeas, su historia es la de un joven que lucha, movido por el amor, por forjarse un nombre en un mundo dominado por el estatus.


Un clásico inglés que combina romance, aventura, crítica social, historia de Europa y lucha por el ascenso social dentro del escenario de la Gran Guerra del Norte, así como las intrigas de la Guerra de Sucesión Española en las cortes de Francia e Italia.


Extracto del libro. Capítulo 1. Los bebés abandonados

En el destacado año de 1688, un caballero cuyo verdadero nombre consideramos oportuno ocultar bajo el de Dorilaus volvió de un viaje en el que visitó la mayoría de las elegantes cortes de Europa, en las que había pasado algún tiempo dedicado tanto al placer como al refinamiento personal. La importante cuestión de si el trono había quedado vacante o no por la súbita partida del desafortunado rey Jacobo estaba entonces sobre la mesa, de modo que, para evitar implicarse en uno u otro bando, se abstuvo de ir a Londres y cruzó el país hasta llegar a una bonita finca que tenía a unos sesenta kilómetros de distancia, donde decidió permanecer con la mayor discreción posible hasta que se tomara la gran decisión y se resolvieran los asuntos públicos sin que se viera obligado a declarar su opinión al respecto.

   Era joven y alegre, le encantaba la magnificencia y la pompa de las cortes y estaba lejos de ser insensible a los placeres que le procura relacionarse con el sexo femenino, pero nunca había esclavizado su juicio a ningún placer hasta el punto de ser incapaz de refrenarlo. La caza y la lectura eran sus entretenimientos predilectos, de modo que la soledad en la que ahora se encontraba no le resultaba en absoluto desagradable ni tediosa, aunque duraba ya varios meses.

   Poco antes de su llegada, tuvo lugar un incidente que le dio la oportunidad de poner en práctica la benevolencia de su carácter y que, aunque entonces le pareció un hecho trivial, resultó ser de suma importancia para su futuro, además de proporcionar el material para las siguientes páginas.

   Mientras paseaba una mañana temprano por su jardín, muy absorto en un libro que llevaba en la mano, sus meditaciones se vieron interrumpidas por un llanto inusual, que parecía provenir de cierta distancia. Al acercarse a un pequeño cenador donde solía sentarse a veces, lo oyó con más claridad y, una vez dentro, se dio cuenta enseguida de dónde procedía.

   Al pie de un gran árbol cuyas amplias ramas contribuían en gran parte a formar el cenador, había una cesta que estaba cubierta por un lado y parcialmente abierta por el otro para permitir que entrara el aire. Aunque los sonidos que seguían saliendo de su interior no dejaban lugar a dudas acerca de su contenido, Dorilaus se inclinó para mirar y vio a dos hermosos bebés delicadamente envueltos en pañales; entre ellos y el almohadón sobre el que estaban recostados había un papel sujeto con un imperdible donde, tras cogerlo apresuradamente, vio que estaban escritas estas palabras:


Al generoso Dorilaus:

Un destino contra el que no puede lucharse deja a estos niños desamparados a su cuidado. Son gemelos, engendrados por el mismo padre y nacidos de la misma madre, y cuya sangre no es indigna de la protección que necesitan. Si usted se digna a ofrecérsela, no tendrán razón alguna para lamentar la desgracia de su nacimiento ni para culpar a aquellos que los trajeron al mundo. El motivo por el que acuden a usted en particular quizá llegue a conocerlo en el futuro. Por ahora, le bastará saber que ya han sido bautizados con los nombres de Horatio y Louisa.


La sorpresa que le produjo tan inesperado presente es más fácil de imaginar que de expresar, pero no tuvo tiempo en ese momento de hacer conjeturas sobre quién los había dejado allí o por qué motivo, pues los niños necesitaban auxilio inmediato y no dudó un instante si era su deber prestárselo: cogió la cesta él mismo y corrió con ella hasta la casa lo más deprisa que pudo, llamó a sus sirvientas y les ordenó que prestasen a aquellos pequeños desconocidos toda la ayuda que estuviera a su alcance mientras enviaba a un hombre a buscar, entre sus arrendatarias, nodrizas adecuadas para atenderlos. «Sea quien sea la persona que ha depositado en mí esta confianza, no debo traicionarla», pensó; «además, todo aquel que necesite protección merece que lo protejan aquellos que tienen el poder de hacerlo».

Tal era su modo de pensar y siempre obraba de acuerdo con estos generosos sentimientos. La noticia de lo ocurrido en su casa se difundió con rapidez y no faltaron personas que acudieron a ofrecer sus servicios a los niños, entre las que escogió a dos mujeres de quienes había oído que eran muy agradables y que parecían las más capaces de ser fieles a la confianza depositada en ellas al darles una responsabilidad tan grande, así como una asignación tan generosa como la que cabría esperar de un padre. Sin duda, todos habrían pensado que, de hecho, lo era si hubiera llegado antes al condado, pero la brevedad del tiempo transcurrido impidió que se hiciese tal suposición y fue visto como un ejemplo de caridad y bondad.

   Tras disponer tan acertadamente de sus nuevos invitados, comenzó a interrogar a todos sus sirvientes, al pensar que era imposible que los hubiesen dejado allí sin la cooperación de alguno de ellos, aunque todos sus esfuerzos fueron en vano. Leyó la carta una y otra vez, pero su curiosidad quedó tan insatisfecha como al principio. La caligrafía no le era familiar, aunque le pareció que había algo en el estilo que indicaba que no la había escrito una persona de clase baja. La insinuación de que había alguna razón oculta para dirigirse a él en particular lo dejó perplejo, pues no concebía por qué él, más que cualquier otro caballero del condado, habría de interesarse por el bienestar de estos niños. No tenía parientes cercanos y los lejanos que proclamaban un parentesco casi olvidado no estaban en situación de abandonar a su progenie. El asunto le pareció extraño, pero todo cuanto hizo por aclararlo resultó infructuoso y acabó por imaginar que los padres los habían abandonado forzados por la necesidad y solo habían escrito de ese modo tan enigmático para asegurarles una mejor acogida. También pensó que los habían dejado con él porque, al ser soltero y con una gran fortuna, era natural suponer que habría menos impedimentos para que se ocupase de ellos que si tuviera esposa o una hacienda reducida que le exigiera mantener una mayor economía en los gastos.

   Convencido al fin de haber resuelto aquel aparente enigma, dejó de preocuparse por quiénes eran o de dónde venían aquellos niños y decidió ocuparse de ellos durante su infancia y encaminarlos después hacia aquello para lo que su talento los hiciera más aptos con el fin de que pudieran valerse por sí mismos.

   Al salir del condado, encargó a su ama de llaves que les diera todo cuanto necesitaran y velase porque las mujeres a quienes los había confiado los trataran bien. Estas órdenes no las dio de manera superficial o negligente, sino con palabras que aterrorizarían a cualquiera que tuviera la intención de desobedecerlas, pues eso le causaría un gran desagrado.

   Al no suceder nada digno de mención durante su infancia, pasaré por alto aquellos años, limitándome a decir que, siempre que Dorilaus iba a su finca (lo que solía suceder dos o tres veces al año), los llamaba y expresaba una gran satisfacción al ver en su aspecto el fiel cumplimiento de las instrucciones que había dado respecto a ellos, pero cuando alcanzaron una edad en la que podían entretenerlo con su inocente parloteo, la caridad que al principio le movía se convirtió en afecto y empezó a verlos con una ternura poco inferior a la paternal, que no dejó de aumentar con el paso de los años.

   Tras darles los primeros rudimentos de educación en las mejores escuelas que la región ofrecía, dejó a Louisa al cuidado de una dama que gozaba de una merecida reputación como excelente institutriz de jóvenes y llevó a Horatio en su propio carruaje a Londres, donde lo dejó en la escuela de Westminster bajo la tutela del doctor Busby y acordó su alojamiento con una familia cercana que acogía a otros jóvenes caballeros en iguales condiciones.

   Poco más podría haberse esperado del mejor de los padres y poco más podrían recibir los niños nacidos en familias con grandes fortunas. Por otra parte, su felicidad no parecía pasajera: Dorilaus era un hombre firme en sus resoluciones que había declarado siempre su aversión al matrimonio y, al rechazar todas las proposiciones que se le habían hecho al respecto, había logrado que sus amigos dejaran de insistirle; además, como ya se ha señalado, no tenía parientes cercanos, de modo que era opinión mayoritaria que convertiría al joven Horatio en heredero de la mayor parte de su fortuna y daría a Louisa una dote acorde a su educación. Lo que realmente pretendía para ellos era, sin embargo, incierto, pues nunca había expresado sus intenciones y las extrañas vicisitudes que luego sucedieron en el destino de ambos le impidieron obrar como posiblemente hubiera planeado.

   La educación que les ofreció, no obstante, daba buenos motivos para considerar cierta la anterior conjetura: a Louisa la instruyeron en todas las habilidades propias de una doncella de alta posición y Horatio, tras completar todos sus estudios en la escuela, fue llevado a su propia casa, desde donde debía partir hacia Oxford para concluir su formación como estudiante de familia distinguida.

   Pero cuando todo se disponía para este fin, entró una mañana en los aposentos de su protector y, poniéndose de rodillas, le dijo:

   —No me tenga, señor, por presuntuoso debido a la petición que voy a hacerle. Sé que todo cuanto soy se lo debo a usted, que soy fruto de su bondad y que, sin ser mi padre, ha hecho más por mí de lo que muchos padres hacen por sus hijos favoritos. Sé también que usted es el mejor juez de lo que me conviene y no tengo la menor duda de que seguirá mostrando la misma bondad hacia mí, siempre que yo continúe, como hasta ahora, esforzándome por merecerla. Pero, señor, perdóneme si ahora manifiesto un deseo largo tiempo acariciado: el de hacer por mí mismo algo que repare la oscuridad de mi nacimiento y demuestre al mundo que el cielo dotó a este expósito de un valor y una resolución que lo hacen capaz de acometer las más grandiosas acciones.