La letra escarlata

Autor: Nathaniel Hawthorne, 1850
Condenada por tener una hija fuera del matrimonio, Hester se ve obligada a llevar la letra "A" (de adulterio) en su pecho, una marca de deshonra diseñada para doblegar su espíritu. Sin embargo, en lugar de venirse abajo, es capaz de transformar ese símbolo gracias a su dignidad y su fuerza.
Hester se niega a nombrar al padre y soporta la vergüenza pública y el aislamiento de un modo inquebrantable. La narrativa entrelaza magistralmente su vida con la de su vengativo esposo, Roger Chillingworth, y la del atormentado joven ministro, Arthur Dimmesdale, cuyas luchas secretas amenazan con consumirlo.
La novela clásica de Hawthorne es un profundo drama psicológico que cuestiona la hipocresía, el juicio social y la naturaleza de la verdadera penitencia, ofreciendo un poderoso tributo a la fortaleza femenina.
Extracto de la letra escarlata. Capítulo 2. La plaza del mercado
Hace no menos de dos siglos, cierta mañana de verano, la pradera situada frente a la cárcel, en Prison Lane, estaba ocupada por un considerable número de habitantes de Boston, todos con la mirada dirigida a la puerta de roble con herrajes de hierro. En cualquier otra población o en un período posterior de la historia de Nueva Inglaterra, la seria rigidez que petrificaba los rostros barbudos de estas buenas gentes habría augurado que se avecinaba algo terrible. No podía significar nada menos que la inminente ejecución de un criminal notorio, sobre el cual la sentencia de un tribunal de justicia no habría hecho más que confirmar el veredicto del sentir público. Pero, dada la severidad inicial del carácter puritano, no se podía deducir tan indiscutiblemente una inferencia de este tipo. Podía ser que un sirviente perezoso o un hijo desobediente, a quien sus padres habían entregado a la autoridad civil, iba a recibir castigo en el poste de los azotes. Podía ser que un hereje, un cuáquero o un religioso heterodoxo iba a ser expulsado de la ciudad a latigazos o que un indio holgazán o vagabundo, que alborotaba las calles a causa del aguardiente del hombre blanco, iba a ser arrojado a golpes a la sombra del bosque. También podía ser que una bruja, como la vieja señora Hibbins, la malhumorada viuda del magistrado, fuera a morir en la horca. En cualquier caso, había una solemnidad en la actitud de los espectadores digna de un pueblo en el que la religión y la ley eran casi idénticas y en cuyo carácter estaban ambas tan profundamente entrelazadas que cualquier acto de disciplina pública, por benigno o severo que fuese, resultaba venerable y aterrador a la vez. Muy escasa y fría era la compasión que un transgresor podría esperar de tales espectadores en el cadalso. Por otro lado, una pena que, en nuestros días, implicaría cierto grado de infamia burlesca y ridículo podía entonces estar investida de una dignidad casi tan severa como la propia pena de muerte.
Era un hecho digno de mención en la mañana de verano en que comienza nuestra historia que las mujeres, de las cuales había varias entre la multitud, parecían tener un interés especial en el castigo que pudiera imponerse. En aquella época, las costumbres no eran tan refinadas como para que una sensación de falta de decoro impidiera a las portadoras de enaguas y miriñaques salir a las vías públicas y hacerse un hueco con sus nada insignificantes figuras, si fuera menester, entre la muchedumbre más cercana al cadalso durante una ejecución. Tanto a nivel moral como físico, había en aquellas esposas y doncellas de antigua cuna y educación inglesas una fibra más ruda que en sus bellas descendientes, separadas de ellas por una serie de seis o siete generaciones, pues, a lo largo de esa cadena de ascendencia, cada madre había transmitido a su hija un brillo más tenue, una belleza más delicada y efímera y una complexión física más frágil, si no un carácter con menor fuerza y solidez que el suyo. Las mujeres que se hallaban de pie en la puerta de la prisión estaban a menos de medio siglo del período en el que la masculina reina Elizabeth I había sido la representante nada inapropiada de su sexo. Eran sus compatriotas, y la carne de ternera y la cerveza de su tierra natal, con una dieta moral no más refinada, formaban una parte importante de lo que eran. Por lo tanto, el brillante sol de la mañana resplandecía sobre hombros anchos y bustos bien desarrollados y sobre mejillas redondas y sonrosadas que habían madurado en la lejana isla y que aún no se habían vuelto más pálidas o delgadas en el entorno de Nueva Inglaterra. Había, además, una audacia y una rotundidad en el habla de estas matronas que nos sorprendería en la actualidad, tanto por su contenido como por el volumen de la voz.
—Buenas mujeres —dijo una mujer de rasgos severos y unos cincuenta años—, os diré lo que pienso. Sería de gran beneficio público que nosotras, mujeres de edad madura y miembros de la iglesia con buena reputación, nos encargáramos de malhechoras como esta Hester Prynne. ¿Qué opináis, comadres? Si esta sinvergüenza se presentara a juicio ante nosotras cinco, que ahora estamos aquí agrupadas, ¿recibiría la misma sentencia que la impuesta por los venerables magistrados? ¡Por supuesto que no!
—Se dice —dijo otra— que el reverendo Dimmesdale, su piadoso pastor, lleva muy a mal que un escándalo así haya caído sobre su congregación.
—Los magistrados son caballeros temerosos de Dios, pero excesivamente misericordiosos; eso es verdad —añadió una tercera matrona otoñal—. Al menos debieron marcar la frente de la señora Hester Prynne con un hierro candente. Hester habría sabido lo que es bueno, os lo aseguro. Pero a ella, la descarada, poco le importará lo que le pongan sobre el corpiño de su vestido. Lo cubrirá con un broche o cualquier otro adorno pagano y se paseará por las calles tan fresca como siempre.
—Ah, que cubra la marca como quiera —intervino, más suavemente, una joven esposa que llevaba un niño de la mano—; el dolor siempre estará en su corazón.
—¿Por qué hablamos de marcas y estigmas, ya sea en el corpiño del vestido o en la carne de su frente? —gritó otra mujer, la más fea y despiadada de estas autoproclamadas juezas—. Esta mujer nos ha avergonzado a todos y debe morir. ¿No hay acaso una ley para ello? De hecho, la hay, tanto en las escrituras como en el código legal, así que los magistrados que la han ignorado pueden culparse a sí mismos si sus propias esposas e hijas se descarrían.
—¡Válgame Dios, buena mujer! —exclamó un hombre de la multitud—. ¿Acaso las mujeres solo se comportan bien por miedo a la horca? ¡Nada peor podría decirse! Silencio ahora, que están abriendo la puerta de la prisión y aquí viene la señora Prynne en persona.
Al abrirse la puerta de la cárcel, apareció, en primer lugar, como una sombra negra que sale a la luz del sol, la lúgubre y siniestra figura del alguacil de la ciudad, con una espada al cinto y el bastón de mando en la mano. El aspecto de este personaje representaba toda la desoladora severidad del código de leyes puritanas y su deber era aplicarlas, del modo más estricto, al infractor. Tras extender el bastón oficial con la mano izquierda, puso la derecha sobre el hombro de una joven, a quien empujó para hacerla avanzar, hasta que, en el umbral de la puerta de la prisión, ella lo rechazó con un gesto que denotaba dignidad natural y fuerza de carácter y salió al exterior como si lo hiciera por su propia voluntad. En sus brazos llevaba a una niña, un bebé de unos tres meses, que parpadeaba y apartaba su carita de la luz demasiado intensa del día, pues su existencia, hasta ese momento, había transcurrido tan solo en el crepúsculo gris de un calabozo o en alguna otra oscura estancia de la cárcel.
Cuando la joven —madre de esta niña— estuvo ante la multitud, su primer impulso fue estrechar al bebé contra su pecho; no tanto por un acto de afecto maternal, sino como si quisiera ocultar cierto símbolo que estaba cosido o sujeto a su vestido. Sin embargo, al juzgar sabiamente que un signo de su vergüenza podría difícilmente ocultar otro, cogió al bebé en sus brazos y, con un rubor ardiente, pero con una sonrisa altiva y una mirada que no se dejaba intimidar, fijó la vista en sus conciudadanos y vecinos. Sobre el corpiño de su vestido, en una fina tela roja rodeada de un elaborado bordado y fantásticos adornos de hilo de oro, podía verse la letra A. Estaba hecha de forma tan artística y con tanto ingenio y derroche de imaginación que producía el efecto de ser el adorno final y adecuado del atuendo que llevaba, que era de un esplendor acorde con el gusto de la época, pero que iba mucho más allá de lo permitido por las modestas regulaciones de la colonia.
La joven era alta, con una figura esbelta y elegante. Tenía el cabello oscuro y abundante, tan brillante que reflejaba el resplandor del sol, y un rostro que, además de ser hermoso por la regularidad de sus facciones y el aspecto saludable de su piel, poseía la fuerza expresiva de unas cejas bien definidas y unos profundos ojos oscuros. Su aspecto era también el de una dama, con el estilo de la feminidad gentil de aquellos días, caracterizada por una cierta dignidad y porte, más que por la delicada, sutil e indefinible gracia con que se define hoy día. Y nunca había parecido Hester Prynne más una dama, en el antiguo sentido del término, que al salir de la prisión. Aquellos que la conocían de antes y esperaban verla abatida bajo la negra sombra de una nube funesta se quedaron sorprendidos, incluso atónitos, al contemplar cómo resplandecía su belleza y creaba un halo alrededor de la desgracia y la ignominia que la envolvían. Puede ser cierto que, para un observador dotado de sensibilidad, hubiera algo exquisitamente doloroso en ello. Su vestido, que de hecho había confeccionado en la cárcel para la ocasión y había diseñado según su propio capricho, parecía expresar la actitud de su espíritu, así como la desesperada osadía de su estado de ánimo, a juzgar por su singularidad atrevida y pintoresca. Pero lo que atraía todas las miradas y, por así decirlo, transformaba a la portadora —de tal manera que tanto los hombres como las mujeres que habían conocido a Hester Prynne se sintieron tan impresionados como si la vieran por primera vez— era esa letra escarlata, tan maravillosamente bordada y embellecida, que había sobre su pecho. Tenía el efecto de un hechizo que la separaba del resto del género humano y la encerraba en una esfera propia.