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Eslanta

Autora: Ana Muñoz González, 2025


ESLANTA es una novela de ciencia ficción profundamente humana, donde la memoria, la identidad y el futuro de la Tierra se entrelazan en un viaje hipnótico y revelador.


Siglos después de que el planeta colapsara por culpa del cambio climático y de la violencia humana, la Tierra parece un desierto sin voz…  Desde las sombras, una civilización extraterrestre tomó una decisión inesperada: observar y esperar. Siglos después, el planeta ha sanado, pero el futuro de la especie humana sigue siendo incierto. Para ellos, los humanos son al mismo tiempo un peligro y una esperanza.


La protagonista despierta en una cueva sin recordar quién es ni cómo llegó allí, sumergida en un líquido que la ha hecho crecer con una rapidez imposible. Sabe hablar. Sabe sobrevivir. Sabe cosas que no debería saber, que parecen recuerdos de otras vidas y, sobre todo, sabe que debe seguir adelante. Mientras avanza por un desierto infinito alimentada por árboles imposibles, sus recuerdos fragmentados —de vidas pasadas, de ciudades perdidas bajo burbujas, de mundos que la humanidad consumió— empiezan a unirse como piezas de un rompecabezas demasiado grande. Al otro lado del desierto la espera un inmenso bosque y, más allá, una verdad que cambiará todo lo que cree saber sobre su origen, su especie y su destino. Ella no es solo una superviviente. Es la última llave en una guerra silenciosa entre un planeta que renace y una civilización que teme al ser humano… tanto como lo necesita.


Para quienes buscan una ciencia ficción reflexiva, repleta de belleza, misterio y un viaje inolvidable.


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Capítulo 1. La cueva (primeras páginas)

No sé por qué estoy aquí. No tengo muchos recuerdos. No sé quién soy, aunque sé que soy una persona, una mujer o una niña, no un animal, una planta, una piedra, aunque podría serlo, podría ser cualquier cosa, una nube, una estrella, una gota de agua, un átomo… Conozco todas estas cosas, las palabras, su significado; se forman imágenes en mi mente cuando pienso en ellas, pero no sé si las he visto, las he imaginado, las he vivido, inventado, soñado. Pienso en el mundo e intuyo que está ahí, en alguna parte, que estoy en él, de algún modo, aunque no sé cómo… No tengo nombre o tal vez no lo recuerdo. He tenido muchos nombres, creo, y todos se han borrado de mi mente. Ahora estoy aquí, de repente, como si hubiera despertado de un sueño muy largo, confusa, adormilada, con un cuerpo torpe que apenas puede moverse. Estoy sumergida en un líquido denso y cálido que me envuelve por todas partes, me siento en paz en su abrazo, me alimenta, duermo acurrucada en él, me susurra un murmullo al oído, incesante y soporífero, como una canción de cuna sin voz o una voz olvidada sin sonido. No respiro, no noto mis pulmones llenándose de aire, ni noto mi pecho subiendo y bajando como las mareas. Mi nariz permanece cerrada, creo que hay alguna membrana en su interior que la cierra impidiendo que entre en ella este líquido que me envuelve. Al tocarme el cuello noto algo extraño en él, una estructura que no conozco, que sé que no debería estar ahí, que no es así como debería ser, pues yo no era esto que soy ahora, pero tampoco sé lo que soy. Creo que esas estructuras podrían ser branquias que me permiten respirar sin pulmones como un pez, una mujer-pez, una niña-pez, un ser que nunca he sido, eso sí lo sé.

     Tengo recuerdos de sentimientos. Recuerdo el miedo. Es el sentimiento más poderoso, pero ahora no lo siento, no, ahora siento solo una felicidad tranquila, serena y permanente, como si hubiera muerto, aunque sé que estoy viva, sí, eso lo sé, como sé muchas cosas. Miro a mi alrededor, pero la luz es tan tenue que apenas puedo ver nada. Es como una cueva de paredes blandas y cálidas en cuyo interior el líquido fluye; entra por pequeños orificios situados en sus paredes y sale por otros orificios igual de pequeños sin detenerse nunca, se mueve en círculos, me arrulla suavemente y me acaricia. Mis recuerdos anteriores son débiles y lejanos, como de otra persona que tal vez fui una vez. Esa persona que fui no era feliz o lo era solo a ratos, cuando no la invadía el miedo o el hambre o el dolor, momentos fugaces que apenas quedan en el recuerdo porque no son tan poderosos como el miedo, el miedo…

     Pasan los días. No quiero salir nunca de aquí, pienso, y enseguida siento un gran aburrimiento y pienso lo contrario, pero ahí fuera está el mundo, bello y aterrador, deseado y temido. Recuerdo el bosque, el río, los árboles, el cielo, el mar, las montañas, el ciervo y el lobo, el ciervo cazado por el lobo, el lobo hambriento, el aullido; creo que un lobo fue mi amigo una vez y aullamos al viento y cazamos salmones, ciervos y salmones, sí, salmones en ríos de aguas heladas y cortantes como cuchillas, limpias, puras y brillantes. Corríamos monte abajo dando grandes saltos a toda velocidad hasta caer en la hierba húmeda de la mañana.

     Creo que algún día saldré de aquí. He observado que mi cuerpo crece y cambia a medida que pasa el tiempo y me pregunto si llegará un momento en que sea tan grande que ya no quepa aquí dentro, pero no he visto ningún lugar por donde pueda salir y estas paredes no crecen conmigo. Intuyo que se abrirá alguna puerta cuando llegue el momento, de modo que este hecho no me produce demasiada inquietud, aunque me preocupa un poco más pensar que no sé lo que hay en el exterior. Podría ser el bello y verde mundo que recuerdo fugazmente o podría ser un lugar inhóspito y yermo, oscuro y frío, sin lobos ni ríos con salmones ni estrellas ni hierba. O tal vez mi vida sea solo esto y es la muerte lo que me aguarda ahí fuera, con su semblante impasible, su mirada de color azul oscuro en ojos negros, su tacto frío y etéreo. Ya la conozco, sí, sé que la conozco tanto como ella me conoce a mí, pero no sé por qué.

     Aquí dentro puedo pensar mucho. No hay mucho que ver, pero he observado algunas cosas curiosas: a veces, la oscuridad es completa durante varias horas hasta que poco a poco empieza a surgir la luz, tenuemente al principio, para ir creciendo luego como las olas del mar, como la espuma, hasta que empieza a menguar de nuevo en su retirada. Por eso sé que ahí fuera, justo al otro lado de la membrana superior, está el día y el sol, que calienta esta cueva durante varias horas, y la noche, que vuelve a enfriarla poco a poco, y la luna, cuya compañía siento a veces en forma de un pequeño punto de luz en la oscuridad que también cambia con el paso del tiempo. Todos siguen un patrón rítmico, como el latido de mi corazón, como el sueño y la vigilia, como yo misma, por eso los considero ya parte de mí y me gusta su presencia.

     También me ha llamado la atención el hecho de que no escucho nada en el exterior. Si ahí está el día y está la noche, también está el mundo y sé que en el mundo hay ruido. Durante el día, siempre cantaban los pájaros, recuerdo, cantaban sin cesar hasta que caía la noche y entonces quedaban en silencio, como fantasmas mudos que pueblan las ramas de los árboles. Recuerdo también el murmullo del viento, el rumor de las olas, el rugir de los osos y su torpe triscar entre arbustos y matorrales. Uno muy grande me persiguió una vez, pero logré trepar a un árbol y allí esperé contemplándolo con curiosidad hasta que se cansó de mí y siguió su camino a través del denso bosque. No había leones allí, pero los conocí más tarde, mucho más tarde, en otro lugar, otro tiempo, tal vez otro mundo, quizá otro cuerpo, no lo recuerdo bien, puesto que una leona que me pareció inmensa como un caballo me destrozó el pequeño cráneo en un instante sin que apenas me diera tiempo a sentir miedo; rápida, mortal, eficaz como no lo fueron ellos, los humanos, crueles y sádicos, con ojos de fuego y sonrisas diabólicas, aterradores como nadie, sí, lo más aterrador del mundo, de todos los mundos, forjando y moldeando mis peores recuerdos una y otra vez sin descanso, pues nunca se cansan, nunca se extinguen, solo se extienden, se multiplican, invaden, destruyen, con sus rostros infantiles, como si nunca se hubieran hecho del todo adultos, con sus lágrimas, que aprendieron a usar para contener la ira, la rabia hecha agua, rabia líquida que cae por las mejillas y calma, para no destruirse a sí mismos, a sus hijas, sus hijos, sus parejas, para parecer dóciles, para unirse y ser más fuertes y así destruir o desplazar a los otros, a los que no lloraban, los que no eran tan listos, los que estaban solos. Unidos por sus lágrimas avanzaron destruyendo el mundo durante milenios. Entonces decidieron que todo era suyo: la tierra y el mar, la luna y las estrellas, la noche y el día, el agua y la comida, el hambre y la guerra.