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El secreto de lady Audley

Autora: Mary Elizabeth Braddon, 1862

Traductora: Ana Muñoz González, 2025


Lady Audley lo tiene todo: belleza, riqueza y un marido que la adora. Es el modelo de virtud que toda mujer «debería» ser… al menos, según las reglas de la época, pero bajo sus rizos dorados y su sonrisa perfecta se esconde una historia que desafía esas reglas y se burla de quienes las imponen.


Robert Audley, un joven abogado y sobrino del señor de la casa, comienza a sospechar que tras la dulzura de su nueva tía se esconde algo más que encanto. Lo que descubrirá pondrá a prueba su lealtad, su cordura y la reputación de toda una familia.


El secreto de lady Audley, la obra más célebre de Mary Elizabeth Braddon, es una joya del suspense victoriano, no carente de ironía y sentido del humor, que desafió las normas de su época y sigue fascinando por su retrato audaz de la ambición, el deseo y el miedo a la verdad.


Capítulo I. Lucy (primeras páginas)

La mansión se hallaba situada en un valle con grandes árboles antiguos y pastos exuberantes y se podía llegar hasta ella a través de una avenida de tilos flanqueada a ambos lados por praderas, sobre cuyos altos setos te observaba el ganado con curiosidad al pasar, preguntándose, tal vez, qué andabas buscando, pues no era un camino de paso y, a menos que te dirigieras a la mansión, no tenías motivo alguno para estar allí.

     Al final de esta avenida había un viejo arco y una torre con un reloj absurdo y desconcertante cuya única aguja saltaba sin más de una hora a la siguiente y, por lo tanto, no tenía nunca término medio. A través de este arco se entraba directamente en los jardines de Audley Court.

     Un suave césped se extendía ante ti, salpicado de grupos de rododendros, que crecían aquí con mayor perfección que en cualquier otro lugar del condado. A la derecha, se encontraban los huertos, el estanque y un vergel situado junto a un foso seco y las ruinas de un muro que era más grueso que alto en algunos puntos y estaba cubierto por todas partes de hiedra trepadora, siempreviva amarilla y musgo oscuro. A la izquierda, había un amplio camino de grava por el que, años atrás, cuando el lugar era un convento, habían caminado cogidas de la mano las silenciosas monjas. Un muro rodeado de espalderas y sombreado a un lado por majestuosos robles ocultaba el paisaje llano y cercaba la casa y los jardines con un sombrío amparo.

     La casa daba al arco y ocupaba tres lados de un claustro. Era muy antigua, irregular y laberíntica. Las ventanas eran desiguales; algunas pequeñas, otras grandes; algunas con pesados parteluces de piedra y exquisitos vitrales; otras con frágiles celosías que se agitaban con la brisa; otras tan modernas que bien podrían haberse añadido ayer mismo. Grandes hileras de chimeneas se alzaban aquí y allá tras los hastiales puntiagudos y parecían tan deterioradas por el tiempo y el uso que se habrían derrumbado de no ser por la hiedra, que tras trepar y extenderse por las paredes e incluso por el tejado, se enroscaba alrededor de ellas y las sostenía. La puerta principal estaba situada en la esquina de una torreta en uno de los ángulos del edificio, como si se ocultara de visitantes peligrosos y quisiera mantenerse en secreto; era, sin embargo, una puerta noble, de roble viejo y tachonada de grandes clavos de hierro de cabeza cuadrada, tan maciza que el aldabón de hierro sonaba sobre ella amortiguado y el visitante debía tocar una campana que colgaba en un rincón entre la hiedra, pues el ruido de los golpes podría no penetrar nunca en la fortaleza.

     Era un lugar antiguo y magnífico. Un lugar que embelesaba a los visitantes, que sentían el deseo de acabar con su vida y quedarse allí para siempre, contemplando los frescos estanques y contando las burbujas de los rutilos y las carpas que subían a la superficie del agua. Un lugar donde la paz parecía haber establecido su morada para posar su mano reconfortante en cada árbol y cada flor, en los estanques tranquilos y las alamedas silenciosas, en los rincones umbríos de antiguas habitaciones, en los profundos asientos de las ventanas ocultos tras los vitrales, en los prados bajos y las majestuosas avenidas; sí, incluso en el pozo estancado que, fresco y resguardado como todo lo demás en aquel antiguo lugar, se escondía entre los arbustos tras los jardines, con una manivela ociosa que jamás se giraba y una cuerda tan podrida que el cubo se había desprendido y había caído al agua.

     Un lugar noble. Noble por dentro y por fuera. Una casa en la que te perdías sin remedio si alguna vez tenías el valor de intentar penetrar sus misterios en soledad; una casa en la que ninguna habitación sentía simpatía alguna por otra, donde cada estancia se desviaba en ángulo hacia una cámara interior y a través de esta bajaba por una estrecha escalera que conducía a una puerta que, a su vez, te devolvía de nuevo a esa misma parte de la casa de la que te creías más lejos; una casa que jamás podría haber planeado un arquitecto mortal, sino que debía de ser obra de ese antiguo constructor de siempre, el Tiempo, que tras añadir una habitación un año y derribar otra al año siguiente, echar abajo una chimenea coetánea de los Plantagenet para poner una al estilo de los Tudor, derribar un trozo de muro sajón para permitir que se alzara en su lugar un arco normando, añadir una hilera de ventanas altas y estrechas durante el reinado de la reina Ana y adosar un comedor del estilo de la época de Jorge I de Hannover a un refectorio que llevaba en pie desde la Conquista, había logrado, en unos once siglos, construir una mansión cuya réplica no podría encontrarse en ningún otro lugar del condado de Essex. Por supuesto, en una casa semejante había cámaras secretas; la hija pequeña del actual propietario, sir Michael Audley, había descubierto una por casualidad. Una tabla se había movido bajo sus pies en la gran habitación donde solía jugar y, al llamar la atención sobre ello, se descubrió que estaba suelta. Al retirarla apareció una escalera que conducía a un escondrijo situado entre el suelo del cuarto de juegos y el techo de la habitación inferior; un escondrijo tan pequeño que quien allí se ocultara debía permanecer agazapado sobre las manos y las rodillas o tumbarse cuan largo era y, sin embargo, lo bastante grande como para contener un pintoresco y antiguo arcón de roble tallado, medio lleno de vestimentas sacerdotales que, sin duda, se habían escondido en aquellos días crueles en que la vida de un hombre estaba en peligro si se descubría que había dado refugio a un sacerdote católico romano o que había celebrado una misa en su casa.

     El amplio foso exterior estaba seco y cubierto de hierba y los árboles del vergel, cargados de frutos, se cernían sobre él con ramas nudosas y dispersas que proyectaban sombras fantásticas sobre la verde ladera. Dentro de este foso se encontraba, como ya he dicho, el estanque: una masa de agua que se extendía a lo largo del jardín y junto a la cual había una avenida llamada el paseo de los tilos; una avenida tan oculta del sol y del cielo, tan protegida de la vista por el denso abrigo de los árboles, que parecía un lugar escogido para reuniones secretas o encuentros furtivos; un lugar donde podría haberse tramado una conspiración o haberse hecho un juramento de amor con igual seguridad y, sin embargo, estaba a apenas veinte pasos de la casa.

     Al final de esta oscura arcada se encontraba una zona de arbustos donde, medio enterrada entre las ramas enmarañadas y la maleza descuidada, estaba la rueda oxidada de aquel viejo pozo del que he hablado antes. Sin duda, había sido de gran utilidad en su época y, tal vez, unas atareadas monjas sacaron el agua fresca con sus propias manos, pero ya había caído en desuso y casi nadie en Audley Court sabía si el manantial se había secado por completo. No obstante, a pesar de la soledad de este paseo de los tilos, dudo mucho que alguna vez se le diera un uso romántico. A menudo, al frescor de la tarde, sir Michael Audley paseaba arriba y abajo fumando un puro, con sus perros pisándole los talones y su bella y joven esposa holgazaneando a su lado, aunque tras unos diez minutos, el baronet y su compañera se cansaban del susurro de los tilos, de las mansas aguas ocultas bajo las anchas hojas de los nenúfares y de la amplia extensión verde al final de la cual se hallaba el pozo derruido y volvían al salón, donde mi señora tocaba soñadoras melodías de Beethoven y Mendelssohn hasta que su marido se quedaba dormido en su sillón.

     Sir Michael Audley tenía cincuenta y seis años y se había casado en segundas nupcias tres meses después de cumplir cincuenta y cinco. Era un hombre corpulento, alto y robusto, con una voz profunda y sonora, bellos ojos negros y barba blanca; una barba que le daba un aspecto venerable contra su voluntad, pues era tan activo como un muchacho y uno de los jinetes más intrépidos del país. Durante diecisiete años había sido un viudo con una única hija, Alicia Audley, que ahora tenía dieciocho años y a quien no le agradaba en absoluto tener una madrastra en la mansión. La señorita Alicia había reinado en la casa de su padre desde su más temprana infancia; había llevado las llaves, que hacía tintinear en los bolsillos de sus delantales de seda, y las había perdido entre los arbustos, se les habían caído al estanque y había causado todo tipo de problemas con ellas desde el momento en que entró en la adolescencia. Por ese motivo, se había engañado a sí misma con la sincera creencia de que durante todo ese período había sido la encargada del cuidado de la casa.